Hasta ahora esto era una ventaja evolutiva porque las sequías eran más previsibles y puntuales. Ahora el problema es que, en un escenario de falta de agua prolongada, los tubos van sufriendo embolias y el árbol necesita reemplazar aquellos que dejan de funcionar, pero el proceso de construir nuevos tubos es demasiado lento y requiere mucha energía, "por lo que pueden morir antes de haberlos sustituido”, zanja Mencuccini.
En cambio, las especies propias de riberas y zonas húmedas, como los chopos y los álamos, aunque cuentan con conductos menos resistentes, están menos expuestos a episodios extremos y, además, pueden reconstruir su xilema con más rapidez, “como son más finos no necesitan tanta inversión de energía y tienen más capacidad de renovación y, por tanto, de adaptarse a nuevos contextos”, añade Mencuccini.
Según el estudio, también existen diferencias entre especies. Por ejemplo, las especies que renuevan de manera más constante su madera, como el caso de los robles, no acumulan tantos daños. Otros, como los pinos, renuevan su xilema mucho más lentamente, así que, con el paso de los años, las sequías y las olas de calor van dejando “cicatrices” en su sistema interno, debilitándolo y haciéndolo cada vez más vulnerable a morir por embolias.