Aunque a menudo se describe la Antártida como un desierto helado, sus zonas libres de hielo albergan una gran diversidad de organismos adaptados a condiciones extremas. Entre ellos destacan los musgos y los líquenes, que constituyen la mayor parte de la vegetación terrestre del continente. Al mismo tiempo, esta vegetación ocupa una superficie extremadamente reducida de unos 44 km², una pequeña fracción de las áreas libres de hielo permanente.
Precisamente por ser tan escasa, esta vegetación resulta clave para el funcionamiento de los ecosistemas antárticos porque proporcionan refugio a numerosos microorganismos y contribuyen al reciclaje de nutrientes. A pesar de ello, todavía se conoce relativamente poco sobre su distribución, dinámica y respuesta al calentamiento global, lo que convierte su estudio en una prioridad científica. Además, son especialmente sensibles a los cambios de temperatura y humedad, aunque los impactos del cambio climático no los reflejan rápidamente porque su crecimiento es extremadamente lento, e incluso pueden entrar en estado de inactividad (parecido a la hibernación en animales) cuando las condiciones ambientales no son las adecuadas.
Precisamente aquí entra en juego el proyecto BIPOLAR. El equipo busca entender cómo varían estas comunidades vegetales según las condiciones microclimáticas en el Ártico y en la Antártida. Para ello, estudian la diversidad, la abundancia, la fisiología y la distribución de musgos, hepáticas y líquenes, relacionándolas con factores ambientales como la temperatura, la humedad o la exposición al viento gracias al trabajo de campo, la teledetección y los sensores de microclima.