Hacer ciencia en la Antártida implica mucho más que recoger datos. En un entorno tan remoto y cambiante, la logística se convierte en una parte fundamental de la investigación. "Además de largas caminatas, muchos desplazamientos los realizamos en barcas pequeñas, o zódiacs, imprescindibles para acceder a diferentes zonas de estudio". De hecho, la investigadora explica que parte de la campaña tuvo lugar en la isla Ardley, una pequeña isla cercana cuyo acceso depende de las mareas. "¡Solo durante unas pocas horas al día era posible cruzar a pie hasta ella!".
Uno de los elementos más innovadores de la campaña fue el uso de drones para cartografiar la vegetación antártica. Desde el aire, estos dispositivos captan imágenes de muy alta resolución que permiten identificar comunidades de musgos y líquenes con un alto nivel de detalle y a una escala imposible de obtener desde el suelo. Gracias a estas imágenes, se puede mapear la distribución de la vegetación, detectar cambios en su estado y estudiar cómo responde a las condiciones ambientales.
Pero incluso la tecnología más avanzada depende del tiempo atmosférico. "Los drones son especialmente sensibles a estas condiciones. Para obtener imágenes útiles se necesitaban cielos despejados, buena visibilidad y poco viento, una combinación que no siempre es fácil de encontrar en la Antártida", explica la científica.