14/10/2026 Reportaje

¿Hay plantas en la Antártida? Sí, y así las estudia la ciencia

Responsable de comunicación social

Marina Torres Gibert

Bióloga ambiental especializada en comunicación científica. Me apasiona explicar la ciencia a la sociedad de forma atractiva y comprensible.

Cuando pensamos en la Antártida, probablemente imaginamos un paisaje dominado por el hielo, la nieve y los pingüinos. Pero en las escasas áreas libres de hielo hay una comunidad vegetal capaz de sobrevivir en uno de los ambientes más extremos del planeta. Los musgos, los líquenes y las plantas hepáticas -primas de los musgos- desafían el frío, el viento y largos periodos de oscuridad.

Comprender cómo sobreviven estos organismos y cómo responderán al calentamiento global es el objetivo del proyecto BIPOLAR, liderado por la investigadora Mariana García Criado, actualmente profesora de la universidad Trinity College de Dublín vinculada en el CREAF como investigadora postdoctoral Marie Skłodowska-Curie. Tras su primera campaña del proyecto en la Laponia finlandesa en verano de 2025, este año Mariana ha participado en su primera expedición antártica junto a Claudia Colesie, profesora de la Universidad de Edimburgo y especialista en flora de ambientes extremos.

Mariana García Criado y Claudia Colesie

Claudia Colesie (a la izquierda) y Mariana García Criado (a la derecha)

El ambiente más "puro" del planeta donde estudiar los efectos del cambio climático

La Antártida es una de las últimas grandes regiones del planeta relativamente poco alteradas por la actividad humana, aunque el aumento del turismo y de las especies invasoras están empezando a cambiar esta situación. Para la ciencia, es un auténtico laboratorio natural donde no hay grandes herbívoros terrestres, apenas existen infraestructuras y los niveles de contaminación son muy bajos en comparación con otros países, aunque lamentablemente, cada vez se está detectando más contaminación en este lugar tan remoto. Estas condiciones la convierten en un lugar ideal para estudiar los efectos del cambio climático sobre las especies y los ecosistemas sin muchas de las perturbaciones presentes en otras regiones del mundo.

Mariana_garcia_criado

Precisamente por este aislamiento, desplazarse hasta el continente blanco no es nada fácil. Tras varios días pendientes de las condiciones meteorológicas, finalmente pudimos volar desde Punta Arenas, en el extremo sur de Chile, hasta la isla Rey Jorge, uno de los lugares más accesibles de la Antártida porque cuenta con una de las pocas pistas de aterrizaje del continente helado.

Mariana García Criado

Durante la campaña, las investigadoras se instalaron durante un mes en la Base Científica Profesor Julio Escudero, gestionada por el Instituto Antártico Chileno (INACH), desde donde desarrollaron cerca de veinte días de trabajo de campo. 

Los musgos y los líquenes nos dan pistas sobre los efectos del cambio climático

Aunque a menudo se describe la Antártida como un desierto helado, sus zonas libres de hielo albergan una gran diversidad de organismos adaptados a condiciones extremas. Entre ellos destacan los musgos y los líquenes, que constituyen la mayor parte de la vegetación terrestre del continente. Al mismo tiempo, esta vegetación ocupa una superficie extremadamente reducida de unos 44 km², una pequeña fracción de las áreas libres de hielo permanente.

Precisamente por ser tan escasa, esta vegetación resulta clave para el funcionamiento de los ecosistemas antárticos porque proporcionan refugio a numerosos microorganismos y contribuyen al reciclaje de nutrientes. A pesar de ello, todavía se conoce relativamente poco sobre su distribución, dinámica y respuesta al calentamiento global, lo que convierte su estudio en una prioridad científica. Además, son especialmente sensibles a los cambios de temperatura y humedad, aunque los impactos del cambio climático no los reflejan rápidamente porque su crecimiento es extremadamente lento, e incluso pueden entrar en estado de inactividad (parecido a la hibernación en animales) cuando las condiciones ambientales no son las adecuadas.  

Precisamente aquí entra en juego el proyecto BIPOLAR. El equipo busca entender cómo varían estas comunidades vegetales según las condiciones microclimáticas en el Ártico y en la Antártida. Para ello, estudian la diversidad, la abundancia, la fisiología y la distribución de musgos, hepáticas y líquenes, relacionándolas con factores ambientales como la temperatura, la humedad o la exposición al viento gracias al trabajo de campo, la teledetección y los sensores de microclima. 

Entre caminatas, zódiacs y drones

Hacer ciencia en la Antártida implica mucho más que recoger datos. En un entorno tan remoto y cambiante, la logística se convierte en una parte fundamental de la investigación. "Además de largas caminatas, muchos desplazamientos los realizamos en barcas pequeñas, o zódiacs, imprescindibles para acceder a diferentes zonas de estudio". De hecho, la investigadora explica que parte de la campaña tuvo lugar en la isla Ardley, una pequeña isla cercana cuyo acceso depende de las mareas. "¡Solo durante unas pocas horas al día era posible cruzar a pie hasta ella!".

Uno de los elementos más innovadores de la campaña fue el uso de drones para cartografiar la vegetación antártica. Desde el aire, estos dispositivos captan imágenes de muy alta resolución que permiten identificar comunidades de musgos y líquenes con un alto nivel de detalle y a una escala imposible de obtener desde el suelo. Gracias a estas imágenes, se puede mapear la distribución de la vegetación, detectar cambios en su estado y estudiar cómo responde a las condiciones ambientales.

Pero incluso la tecnología más avanzada depende del tiempo atmosférico. "Los drones son especialmente sensibles a estas condiciones. Para obtener imágenes útiles se necesitaban cielos despejados, buena visibilidad y poco viento, una combinación que no siempre es fácil de encontrar en la Antártida", explica la científica.

Isla Rey Jorge, Antartida, Imagen: Mariana García Criado

Un avión y un crucero llegando a la isla Rey Jorge. Imagen: Mariana García Criado

Mariana García Criado

Para delimitar el área de estudio Mariana utilitza un hula hoop, una herramienta económica y fácil de encontrar. Imagen: Mariana García Criado

Mirar al pasado para anticipar el futuro

El proyecto BIPOLAR no se limita a observar lo que ocurre hoy en los ecosistemas polares, sino que también incorpora estudios de paleoecología basados en fósiles de hasta 11.000 años de antigüedad. Estos registros permiten reconstruir cómo han evolucionado los musgos y líquenes en ecosistemas antárticos desde el final de la última glaciación y cómo respondieron a cambios climáticos ocurridos en el pasado. Así, combinando esta información del pasado con grandes bases de datos ecológicos y climáticos podremos obtener pistas sobre cómo responderán los ecosistemas polares a un planeta cada vez más cálido", detalla la investigadora.

Esta expedición forma parte de su carrera profesional en el estudio de los ecosistemas polares, pero su intención es formar una de las primeras redes de monitoreo a largo plazo de microclima en la Antártida. Para Mariana, la expedición ha sido un sueño hecho realidad. "He trabajado mucho en el Ártico, incluído Groenlandia, pero nunca aquí. He podido ver paisajes increíbles, conocer a nuevos colaboradores y, por supuesto, ¡he visto pingüinos!", concluye satisfecha del viaje.

Pingüins Antartida, imatge: Mariana García Criado

Una pareja de pingüinos en un paisaje antártico. Imagen: Mariana García Criado

Pingüins Antartida, imatge: Mariana García Criado

Grupo de pingüinos en una playa de la isla Rey Jorge. Imagen: Mariana García Criado

Una pareja de focas en una playa de la isla Rey Jorge. Imagen: Mariana García Criado

Una pareja de focas en una playa de la isla Rey Jorge. Imagen: Mariana García Criado

Esta expedición recibió financiación del Programa de Investigación e Innovación Horizonte 2020 de la Unión Europea a través del proyecto de beca posdoctoral Marie Skłodowska-Curie BIPOLAR (grant agreement No. 101152158), y del programa Horizonte Europa mediante el proyecto europeo POLARIN (Grant Agreement ID: 101130949).

Podéis leer el artículo de Mariana en el blog del grupo de investigación Temporal Ecology and Biogeography Lab.