En el caso de ForestDrought es una herramienta innovadora porque sí que tiene en cuenta todas las características de la vegetación viva, como tipo de planta o especie, así que genera predicciones más afinadas”, explica Rodrigo Balaguer, investigador del CREAF y primer autor del estudio.
Por ejemplo, los árboles, como los pinos o las encinas, tienen raíces más profundas con las que pueden acceder al agua almacenada en capas más profundas del suelo. Además, cuando sufren estrés hídrico cierran los estomas -pequeños poros que sirven para el intercambio de gases, pero por los que también se pierde agua-. “Estas adaptaciones les ayuda a mantener una humedad más estable durante los periodos secos”, continúa el investigador. En cambio, muchos arbustos del sotobosque, como el romero o las jaras, tienen raíces más superficiales y dependen del agua acumulada en las capas más externas del suelo, por lo que se secan mucho más rápidamente cuando deja de llover.
“En general, estas diferencias ayudan a explicar por qué dos masas forestales expuestas a las mismas condiciones meteorológicas pueden presentar un riesgo de incendio diferente”, añade Miquel de Cáceres.