21/07/2026 Opinión

COP, de la coordinación multilateral al reto geopolítico

Técnico/a de comunicación

Andrea Arnal Martín

Graduada en Periodismo por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y especializada en comunicación científica y, más específicamente, en cambio climático. Como periodista del clima, me interesa mucho saber

Nacidas como uno de los grandes símbolos del multilateralismo ambiental, las Conferencias de las Partes (COP) reúnen cada año a casi 200 países para negociar respuestas comunes ante algunos de los grandes retos públicos globales: el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la degradación de los suelos. En 2026 coinciden las tres grandes cumbres internacionales de estos ámbitos, pero lo hacen en un escenario geopolítico muy distinto al que las vio nacer en la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro de 1992. El optimismo que acompañó al final de la Guerra Fría y a la expansión de la cooperación internacional ha dado paso a un mundo marcado por la competencia estratégica, la fragmentación social y política y una creciente dificultad para alcanzar acuerdos globales.

Aunque sus objetivos fundacionales permanecen intactos –reducir las emisiones de gases de efecto invernadero para la COP de clima, detener la pérdida de biodiversidad para la COP de biodiversidad y combatir la degradación y desertificación de los suelos para la COP de desertificación– sus compromisos deben desarrollarse en un frágil equilibrio entre la urgencia ambiental y las crecientes tensiones internacionales. Hoy día alcanzar consensos es más complejo que hace tres décadas, las negociaciones avanzan mayor lentitud y las tensiones geopolíticas condicionan cada vez más los acuerdos.

Un modelo en declive 

 Los primeros signos de agotamiento del modelo en la COP de clima surgieron en la primera década del 2000, con la negativa de Estados Unidos a ratificar el protocolo de Kioto —que obligaba a los países a reducir sus emisiones—, las reticencias de algunos países desarrollados y el ascenso de grandes economías emergentes como China, India y Brasil. La dificultad de mantener un sistema en el que solo algunos países asumían obligaciones de reducción culminó en el fracaso de la COP15 de Copenhague, que marcó la transición hacia un nuevo modelo basado en las contribuciones voluntarias de cada país.

La mayor presencia de actores en las cumbres ha impulsado el desarrollo de nuevas iniciativas, pero también ha hecho más complejo el proceso de negociación entre las Partes, lo que genera dudas sobre la capacidad real de estos encuentros de lograr acuerdos ambiciosos.

Algunos logros clave

Clima

1997 - Kioto, Japón COP3

Protocolo de Kioto, un tratado internacional cuyo objetivo es reducir las emisiones de 6 gases de efecto invernadero (GEI).

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2015 - París, Francia COP21

Acuerdo de París, un tratado internacional jurídicamente vinculante cuyo objetivo es limitar el calentamiento global a menos de 2 °C (y preferiblemente a 1,5 °C) respecto a los niveles preindustriales, exigiendo a los países reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero.

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2022 - Sharm el-Sheij, Egipto COP27

Fondo para Pérdidas y Daños (Loss and Damage Fund), cuyo objetivo es proporcionar ayuda financiera a los países en desarrollo más vulnerables para recuperarse de los desastres climáticos.

Biodiversidad

2010 - Nagoya, Japón COP10

Plan Estratégico para la Biodiversidad 2011-2020, las Metas de Aichi y el Protocolo de Nagoya.

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2022 - Montreal, Canadá COP15

Marco Mundial de la Biodiversidad de Kunming-Montreal con el objetivo 30x30 de proteger el 30% de las áreas terrestres y marinas para 2030.

 

Desertificación

2015 - Ankara, Turquía COP12

Consolidar el objetivo de la Neutralidad en la Degradación de las Tierras, incorporado al ODS 15.3.

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2017 - Ordos, China COP13

Marco Estratégico de la UNCCD 2018-2030 para la neutralidad en la degradación de los suelos, alineado con la Agenda 2030.

Crecimiento descontrolado y de difícil gestión

La evolución de las COP ha dado lugar también a un ecosistema paralelo de iniciativas y espacios de colaboración que trascienden la negociación formal entre Estados. Entre ellos se encuentran alianzas específicas como la Powering Past Coal Alliance (PPCA) y el Global Methane Pledge, así como pabellones regionales que buscan visibilizar prioridades concretas, como el Med Pavilion de la Unión por el Mediterráneo.

Las delegaciones nacionales han ido creciendo con el paso de los años, al tiempo que se ha ampliado la presencia de representantes del sector empresarial, ciudades, organizaciones no gubernamentales, bancos de desarrollo, instituciones financieras, fundaciones filantrópicas y movimientos sociales. Esta expansión se refleja también en el número de asistentes: mientras que la primera COP del clima, celebrada en Berlín en 1995, reunió a unas 4.000 personas, la COP28 de Dubái congregó a cerca de 85.000 participantes, convirtiéndose en la cumbre climática más multitudinaria de la historia.

El crecimiento de las COP refleja su transformación, ya que han pasado de estar casi exclusivamente centradas en la negociación entre gobiernos, a ser grandes escenarios de gobernanza climática y ambiental donde confluyen intereses, conocimientos y capacidades de acción muy diversos. Esta apertura ha permitido incorporar nuevos actores y acelerar algunas iniciativas, pero también ha aumentado la complejidad del proceso y ha abierto nuevos debates sobre la influencia de determinados sectores, como el de la industria fósil, y la capacidad real de estas cumbres para alcanzar acuerdos ambiciosos.

El reto de coordinar las tres COP

A pesar de sus limitaciones, las COP siguen siendo uno de los pocos espacios donde casi todos los países del mundo se sientan a negociar respuestas comunes ante problemas globales. Su evolución refleja las propias tensiones del sistema internacional: son más multitudinarias, más plurales y más difíciles de gestionar que hace tres décadas, pero siguen siendo un mecanismo imprescindible para coordinar la acción colectiva frente a la crisis ambiental.  

El siguiente reto consistirá en reforzar la conexión entre las tres grandes convenciones ambientales —clima, biodiversidad y desertificación—, pues, aunque cada una responde a problemas específicos y mantiene sus propios procesos de negociación, sus objetivos están estrechamente relacionados: el cambio climático afecta a los ecosistemas, la pérdida de biodiversidad condiciona la capacidad de adaptación, y la degradación de los suelos agrava la vulnerabilidad frente a los impactos climáticos.  

Por ello, cada vez más voces científicas reclaman una mayor coordinación entre las tres cumbres, así como entre los organismos que las impulsan y el conocimiento que generan, para avanzar hacia una respuesta ambiental más coordinada. Más allá de las negociaciones, el equilibrio entre ambición ambiental y viabilidad política será una de las principales pruebas del multilateralismo en los próximos años.