28/04/2026 Noticia

El proyecto NAMASTE analiza qué hace que un suelo forestal acumule más o menos carbono

Los suelos forestales almacenan casi la mitad del carbono orgánico terrestre del planeta . Más allá de mejorar la salud del suelo y la productividad de los ecosistemas, este reservorio es una pieza clave para mitigar el cambio climático. Así pues, entender cómo se almacena el carbono de manera estable —a largo plazo— y qué factores influyen es clave para preservar y aumentar este almacén.

El nitrógeno es un elemento clave en este proceso, ya que su disponibilidad en el suelo puede favorecer la transformación del carbono hacia formas más estables. Sin embargo, su efecto todavía no se conoce con certeza. Lo que sí sabemos es que, en las últimas décadas, el nitrógeno ha aumentado considerablemente, tanto por deposición atmosférica como por fertilización, y que estas aportaciones a los sistemas naturales, incluyendo los ecosistemas forestales, pueden comportar consecuencias negativas.

Éste es el punto de partida del proyecto NAMASTE , que analiza el papel de este nutriente en el ciclo del carbono del suelo forestal y si realmente es una solución para aumentar sus reservas.

La investigadora Ángela Ribas, que lidera el proyecto NAMASTE, explica que la adición de nitrógeno se utiliza como herramienta de gestión forestal: "se utiliza como fertilizante para aumentar la disponibilidad de este nutriente en el suelo en bosques donde es un factor limitante". Sin embargo, advierte que, paradójicamente, un exceso de nitrógeno podría tener el efecto contrario : al favorecer determinados microorganismos del suelo, puede incrementarse la actividad metabólica y la respiración, lo que comportaría una mayor liberación de carbono que hasta entonces estaba fijada en el suelo.

Más allá de los efectos relacionados con el carbono, el exceso de nitrógeno también puede tener repercusiones en otros componentes del ecosistema. De hecho, resultados recientes del proyecto D-NESS del CREAF, que ha analizado la biodiversidad en suelos saturados de nitrógeno, muestran cambios en la composición de las especies de microorganismos presentes. Estos cambios hacen que la conectividad entre todos ellos disminuya y, en consecuencia, la red trófica se simplifica. "Cuando la biodiversidad de un ecosistema está formada por elementos que no se relacionan entre sí, la fragilidad aumenta", apunta Ribas. En ese contexto, cualquier estrés o perturbación puede tener repercusiones sobre el ciclo de carbono y, como resultado, comprometer el funcionamiento global del ecosistema.

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Nuestra hipótesis es que aportar nitrógeno a los bosques en exceso favorece cambios en las funciones de las comunidades de microorganismos, que pueden ser muy productivas a corto plazo pero que, a largo plazo, van en detrimento de la resiliencia del sistema forestal.

Àngela Ribas, investigadora del CREAF y coordinadora del proyecto NAMASTE.

Dos modelos de bosques

El estudio se lleva a cabo en dos bosques europeos que funcionan como living labs desde hace 15 años: uno en Cansiglio, en el norte de Italia, y el otro en Prades, en España. Estos espacios permiten analizar cómo responden los ecosistemas forestales a cambios ambientales en condiciones reales. Además, ambos representan escenarios contrastados: Cansiglio es un hayedo que recibe mucha cantidad de nitrógeno procedente de la atmósfera, mientras que Prades, un encinar mediterráneo, se caracteriza por una limitación de este nutriente.

En ambos casos, el equipo comparará parcelas con posible exceso de nitrógeno con otros sin, con el objetivo de caracterizar el estado del suelo forestal. Principalmente, se quiere analizar los cambios en las relaciones entre las raíces de las plantas, los microorganismos del suelo y los invertebrados de la capa superior, y cómo estas interacciones influyen en la captación y acumulación de carbono en los sistemas forestales. Aunque existen limitaciones en la comparativa entre los dos modelos de bosques, un punto fuerte del proyecto es trabajar con experimentos de larga duración. "La ventaja es que podemos analizar la dinámica del suelo a medio plazo en ecosistemas que han sido sometidos a estrés durante años", explica la investigadora.

Los resultados obtenidos quieren aportar conocimiento sobre el funcionamiento de los suelos forestales y qué papel puede desempeñar el cambio climático en todos estos procesos. A su vez, podrían servir de base para orientar las políticas de gestión dentro del contexto climático actual.

El proyecto se inició el pasado 2025 y acabará en 2028. Participa el CREAF, la Universidad de Bolonia y la Universidad de Barcelona y está liderado por Àngela Ribas, del CREAF. Es un proyecto financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades.