Otro de los consensos más claros durante la sesión ha sido la necesidad de reconocer el trabajo y la aportación que hacen los agricultores a la sociedad. Es decir, no solo hay que fijarse en el potencial del suelo agrícola para almacenar carbono, sino también en los servicios esenciales que nos brinda la agricultura, como alimentos, biodiversidad, salud del suelo y del agua, así como identidad cultural y paisaje.
Para poner en valor todos estos beneficios, los participantes señalaron que se deberían incorporar indicadores múltiples -como biodiversidad, agua, calidad alimentaria o justicia social en el trato a los trabajadores y el respeto a la salud física y mental de los agricultores-, reducir los costes y la burocracia para las pequeñas explotaciones y desarrollar mecanismos de financiación y evaluación adaptados a las características de cada territorio. Asimismo, destacaron la importancia de implicar a los consumidores y al sistema educativo en esta transición.
“El futuro de la agricultura no puede depender únicamente de una única métrica, sino de una visión más amplia, regenerativa y localmente adaptada a cada territorio”, concluye Pilar Andrés.