Cuando llueve después de una sequía parece que todo vuelve a la normalidad y que la vegetación se recupera. Sin embargo, algunas de las secuelas de la falta de agua pueden persistir durante el año siguiente. Es la conclusión de un estudio que se ha realizado a escala mundial y se ha publicado recientemente en Nature Communications con la participación del CSIC y el CREAF. Los resultados muestran que, si el suelo sigue perdiendo humedad a lo largo del año posterior a una sequía, la temperatura aumenta más de lo que disminuye cuando recupera la misma cantidad de agua que había perdido. En concreto, cuando el suelo pierde una determinada cantidad de agua, la temperatura sube 0,13 °C y cuando el suelo recupera la misma cantidad de agua que perdió, la temperatura baja solo 0,06 °C. Esto se debe, en parte, a que las plantas no se recuperan al mismo ritmo que el agua del suelo: después de una sequía pueden haber acumulado daños en los tejidos vegetales y su capacidad de transpirar y absorber CO₂ tarda en reactivarse. Como consecuencia, disminuye el efecto de enfriamiento de la vegetación y aumenta el calentamiento del planeta.
“En el estudio observamos las cicatrices que deja la sequía un año después de que haya pasado”, explica Josep Peñuelas, investigador del CSIC en el CREAF. Según el investigador, el motivo es que las plantas absorben agua del suelo y la transportan hasta las hojas, donde unos pequeños poros llamados estomas regulan el intercambio de gases y la pérdida de agua. Cuando hay suficiente agua, los estomas se mantienen abiertos y permiten que entre CO₂, necesario para la fotosíntesis, y que parte del agua salga de la hoja en forma de vapor mediante la transpiración. Este vapor de agua contribuye a disipar calor y a enfriar la vegetación y el aire que la rodea.