El policy brief desglosa el potencial que tienen las canteras y explotaciones mineras de pasar de ser espacios degradados y sin vida, a convertirse en refugios o islas de biodiversidad. Con una buena planificación guiada por la ciencia, ya menudo también gracias a la regeneración natural, estos paisajes pueden renacer como mosaicos de hábitats ricos y diversos, que incluyen prados, matorrales, bosques jóvenes o zonas húmedas . Por ejemplo, antiguas arenas pueden evolucionar de forma espontánea hacia dunas y taludes vegetados que crean una combinación de espacios abiertos muy valiosos por la fauna. En otros casos, las balsas que se forman después de la extracción, pobres en nutrientes, se convierten en lugares de cría clave para anfibios en declive, mientras que las paredes verticales de arena o roca ofrecen espacios de nidificación para pájaros como el águila perdicera.
Además, si las explotaciones están cerca de paisajes agrícolas intensivos y muy homogéneos, una vez recuperadas pueden actuar como refugios para insectos, mariposas y plantas, gracias a su heterogeneidad y al hecho de que a menudo mantienen condiciones que ya no se encuentran en otros lugares. Con el tiempo, la combinación de zonas en diferentes estadios de sucesión genera una gran diversidad de hábitats conectados entre sí capaz de reforzar la infraestructura verde y contribuir de forma clave a la recuperación de la biodiversidad. "En este sentido, es clave entender que no sustituyen a los ecosistemas bien conservados, sino que los complementan, ayudando a ampliar y fortalecer la red de espacios naturales en un contexto de creciente presión sobre el territorio", concluye Carabassa.